Bleidd olfateó el ambiente. Sonrió para sus adentros. Un olor tan estrambótico no podía ser de otra persona. Seguro que lo había hecho a propósito para confundir sus sentidos, pero delatándose al mismo tiempo. Jugando como siempre. Su olor a demonio era mucho más penetrante que ese olor a loba en celo que se había creado alrededor. Pero hijo de un incubo tenía que ser... Siempre le había gustado todo ese tipo de parafernalia de prestidigitador, algo que Bleidd siempre le había reprochado. Pupilo, ¿cuántas veces te habrá dicho tu maestro que la fuerza está en la naturaleza? Pero tú ya lo sabes, ¿no, druida?
El lobo trató de situar a su pupilo en el bosque. Era demasiado fácil: apestaba a hembra. Una frase se dibujó en su cabeza astuta. "Myrddin, te he encontrado. Ven hacia mí". Dos segundos después justo encima de su cabeza olía a demonio. Bleidd se apoyó sobre sus cuartos traseros y sacó la lengua para transpirar mirando hacia arriba.
- ¿Crees que soy tan viejo como para no oler tu hedor a demonio, niño? - proclamó el viejo lobo al viento. El mago, apoyado sobre la rama de un roble, se mesó la barba blanca.
- La verdad, pensaba que para un lobo el olor de una hembra en celo sería más fuerte que el de un demonio... - reflexionó el druida mirando para el anciano que se encontraba clavado al suelo, apoyándose en un cayado y mirandolo con gesto irónico.
- El celo de las lobas no es en otoño, pedazo de alcornoque - reprendió el anciano. Myrddin rió.
- ¡Maestro, ya soy un hombre hecho y derecho! ¡No me reprendas por mi ignorancia!
- ¡Unos azotes con una vara verde era lo que merecías, bribón! - gruñó el viejo, avanzando hacia el norte, pasando por debajo de la rama.
- Vamos, maestro, no te enfades. Era una broma - dijo Myrddin bajando de la rama y caminando al lado de su maestro.
- No estoy enfadado. Pero sabes que fue un error irte a vivir con ese caudillo en su fortaleza. Un druida debe estar en la naturaleza, no entre piedras.
- Anciano, Artorius es un buen hombre y un buen rey.
- ¡Es romano! Los romanos sólo han traído sangre a estas tierras... - se lamentó el lobo. Myrddin paró de andar, aturdido por las muestras de xenofobia de su maestro, pero enseguida se apresuró a alcanzar a aquel anciano de paso ligero.
- Bleidd, maestro, Artorius sólo es mitad romano, su madre era igual de galiain que nosotros. Y está casado con la bella Gwenhwyfar. Quizá sea mitad romano, pero es galiain de corazón.
- ¡No me creo tal patraña! - dijo el maestro enfadado. Myrddin se plantó delante de él, resuelto y lo hizo frenarse.
- Bleidd, Artorius porta a Kaledfwlc'h.
Aquello fue como un jarro de agua fría sobre el lomo de Bleidd. En su mente se juntaron el asombro y la perplejidad para formar una especie de orgullo insultado iracundo que no pudo contener en el pecho. Myrddin se acercó a su maestro para comprobar que estaba bien, ya que nunca lo había visto en aquel estado de rabia, pero este le enseñó los dientes para que no sobrepasara su límite de distancia.
- Un romano atreviéndose a tocar esa espada... qué insensatez... ¡qué digo! ¡Qué sinsentido! - gruñó el lobo. Myrddin suspiró.
- Él es el que debe empuñarla. La espada no deja a otros agarrarla.
- ¡Cállate, ignorante! ¡Tú deberías empuñar esa espada, Myrddin Emrys! ¡Tú eres el heredero del dios! ¡Tú te reíste de todos aquellos druidas que te querían sacrificar! Tú y sólo tú, druida. Pero tú prefieres perderte entre las piernas de esa aprendiz tuya, esa Morgain - escupió Bleidd enfadado. Myrddin fue a decir algo, pero si lo decía quizás fuese para rematar la mala situación, por lo que calló en favor de la concordia.
- Maestro, ya habíamos hablado de ella. Habíamos quedado en no volver a tocar ese tema - dijo pausadamente Myrddin. Bleidd tomó aire y lo soltó con fuerza.
- Sabes que no me gusta esa chica. Me da malas vibraciones.
- ¿Qué malas vibraciones?
- Tú no lo entiendes. Tienes los sentidos atrofiados.
- Creo que no te entiendo.
- Huele a mala persona.

Estáis en vuestra casa.